Seward

Una tormenta de pájaros en despegue. El impulso de entregar tu verdad a alguien que todavía no conoces. La arquitectura de las ruinas. La noche que te falta. Lo suave del cuchillo cuando se confunde con lo afilado de las pieles. El lienzo blanco fecundado lento por todas las tintas –y tú — diluyéndote — gota tras gota–. Creer que vas a sangrar y entonces reírte. Por nada. Regalar tu gesto favorito a quien tengas al lado. Caminar un desierto sin comer y encontrar en su boca la manzana.
Volver a creer en ti por un delicioso momento.
Hallar aquello que al fin.
Y deshacerte de todo.

Diseñando

Dijiste: grita. Yo fui la imbécil que se lo pensó seis años. Tiempo secuestrado. Después rompí tu ventana con un zapato pero tú ya estabas donde nadie escucha. ¿Quién sería yo, de haberte enviado las cartas? La misma. Habría olvidado el sello, quedarían extraviadas en una carretera, en la carpeta de algún vecino coleccionista. Yo, la misma. Sin ti. Y con todas las palabras revueltas pendientes de envío.

para tus jaulas

Te dije, Y ahora qué hago con todo esto. Dijiste, Cuéntaselo a quien quieras. Yo reía helada, Quién querría escuchar una historia que es solamente desenlace. Dijiste, Escribe un poema. Seguí riendo, De veras pensabas que un poema sería suficiente. Dijiste, Haz lo que quieras. Desde entonces solo muecas, arritmia, figuras con las manos, danzas bajo tierra.

No se ha encontrado nada

Pero el ser no es leve.
Taladra tumbas profundas. Empuja bajo la tierra oscura el cuerpo y allí permanecemos.

Nada fluye. Padecemos nuestro peso insoportable, la vida insostenible entre nuestros brazos endebles. Abrazar es una forma primitiva de mantenerse en pie.

El ser es denso y es pesado como los muertos.

Yo trato de incorporarme para repetir mis oraciones, para pedir coherencia entre mis vértebras, andamiaje y fortaleza, estructura y fortaleza.

 

Ser capaz de erguirme y sostenerme.