cuando das en el clavo y el dedo no sangra

Total, que tengo un sueño en el que un hombre recorta un pájaro en un papel blanco y cuando termina, el pájaro vuela. Me despierto y toda la cama está llena de pájaros que duermen dentro de un hombre que sueña. A veces acierto. No son golondrinas ni palomas ni pájaros a los que podáis darles nombre. Son solo ese animal
vertebrado y puro
que vuela.
Acierto. Como cuando llamo a las cosas por su nombre y de repente, no pesan. Como cuando dejo que me mientan y todos saben que me mienten y casi me río de que me mientan y nadie interviene. Porque la mentira es para quien la inventa y la alumbra y no puede tocarte si no enredas con ella. Acierto, a veces. Y sonrío incrédula. Saberme justo donde tengo que estar, donde es indiscutiblemente para mí, donde es para que yo sea. No pasa a menudo, pero cuando pasa, todo es gratitud y pulmones llenos y exhibo la alegría de lo fácil, lo dulce de la fruta en el verano de mi cuerpo y si es mi día de suerte entiendo que ese lugar no es cualquier lugar sino todos los lugares
y que acierto con o sin pájaros
y que vuelo con o sin hombre
y que hoy se sueña
duerma o no duerma.

Biosíntesis

Los muertos no responden los mensajes de texto, aunque a veces atiendan las llamadas. Hay vivos que se comportan como cadáveres recientes. Fríos, rígidos, azulados. No sé si un día seré capaz de explicar eficazmente la danza de las almas, la resonancia de algo eterno donde menos se sospecha. Mientras tanto, anoto las pistas que encuentro. Sentirse sin alguien es una creencia irresponsable. Yo me acuerdo de su cara y no respondo a ningún otro estímulo. Epinefrina o sus antojos. Solo quiere ser cobarde para que yo le resucite. Morirá. Y la cara en la que se verá será de otra. Por eso sobrevuelo sus rastrojos. Pero no olvido, aunque me diga que mañana lo supero. Sigo anotando y encuentro una verdad: no volverá a tocarme nunca, por fuerte que abrace o por profundo que ahogue. Con ésta ya tengo para dormir ocho horas. Con suerte sin sueños. Con suerte sin noche.

Seward

Una tormenta de pájaros en despegue. El impulso de entregar tu verdad a alguien que todavía no conoces. La arquitectura de las ruinas. La noche que te falta. Lo suave del cuchillo cuando se confunde con lo afilado de las pieles. El lienzo blanco fecundado lento por todas las tintas –y tú — diluyéndote — gota tras gota–. Creer que vas a sangrar y entonces reírte. Por nada. Regalar tu gesto favorito a quien tengas al lado. Caminar un desierto sin comer y encontrar en su boca la manzana.
Volver a creer en ti por un delicioso momento.
Hallar aquello que al fin.
Y deshacerte de todo.

Diseñando

Dijiste: grita. Yo fui la imbécil que se lo pensó seis años. Tiempo secuestrado. Después rompí tu ventana con un zapato pero tú ya estabas donde nadie escucha. ¿Quién sería yo, de haberte enviado las cartas? La misma. Habría olvidado el sello, quedarían extraviadas en una carretera, en la carpeta de algún vecino coleccionista. Yo, la misma. Sin ti. Y con todas las palabras revueltas pendientes de envío.

para tus jaulas

Te dije, Y ahora qué hago con todo esto. Dijiste, Cuéntaselo a quien quieras. Yo reía helada, Quién querría escuchar una historia que es solamente desenlace. Dijiste, Escribe un poema. Seguí riendo, De veras pensabas que un poema sería suficiente. Dijiste, Haz lo que quieras. Desde entonces solo muecas, arritmia, figuras con las manos, danzas bajo tierra.